En el desierto quiero ver tu rostro.
¡Dios mío! Entra en mi pobreza
para que yo pueda reconocer
mi realidad ante tus ojos,
y ver tu rostro a veces oculto, escondido,
pero que hoy más que nunca deseo ver.
Ven con tu fuerza creadora,
canto de amor de servicio humilde
de entrega a mis hermanos
para que vean en mí
tu rostro del amor que no tiene fin.
Me iré al desierto, a la soledad y al silencio
para poder escucharte como la primera vez
sentir tu inmenso amor
que habla al corazón.
Me iré al desierto
para reavivar mi fe, esperanza y caridad,
me iré al desierto más allá de mí mismo
porque te busco de corazón.
No quiero caer en la tentación de huir,
hay tantas huidas, tantas soledades vacías,
tantos desengaños del mundo que nos rodea,
tantas frustraciones y fracasos.
Solo tú, Dios mío, tienes la verdad,
solo a ti puedo elevar mi canto interior, mi alabanza,
y compartir con aquellos que comprenden
la música callada de tu amor.
Llévame al desierto de mi corazón,
más allá de todo, en las cumbres del amor,
para contemplar tu rostro, tu mirada,
dejarme seducir en mi pobreza y sequedad
de la tierra de mi alma,
porque tú conviertes el desierto en oasis,
los arenales en manantiales y ríos de agua,
para que florezca la alegría de la resurrección.
Que se apaguen las luces y las voces
que distraen mi interior
y dispersan al corazón humano
para que solo pueda contemplar tu rostro,
y dialogar de tú a tú,
de corazón a Corazón,
en oración.
Tan solo quiero ser en ti,
valerme de ti, para servir,
y allí donde esté vaya por tus caminos
ofreciendo la vida que viene de ti,
esperanza divina,
la que tú me has dado
y muchos no conocen.
Entra en mí, porque nada soy sin ti,
entra allí donde solo escuche tu voz,
respire el aire de tu amor,
y todo quede enamorado, renovado,
porque tú eres la fuente del verdadero amor
que quiere vivir en mí y en todos. Amén.
P. Lázaro Albar